El abaratamiento de la energía y las materias primas acelera la caída de la inflación en Europa | Economía

En plena salida de la pandemia, mucho antes de que Rusia invadiese Ucrania y de que la brújula de los precios terminase de desimantarse del todo, el repunte de las materias primas (energéticas y no energéticas) fue uno de los primeros indicadores de que la larga era de inflación bajo mínimos y tipos de interés negativos empezaba a tocar a su fin. El consumo aún renqueaba y los salarios daban pocas señales de alarma, pero ya aparecían las primeras voces que pedían a los bancos centrales que se anticipasen con una subida en el precio del dinero que hasta entonces nadie tenía en su cabeza.

Hoy, apenas tres años después, vuelven a ser las materias primas las que se adelantan al cambio de tendencia en los índices de precios europeos. Desde mediados de septiembre, el principal indicador de materias primas del mundo, el Bloomberg Commodity Index, cae casi un 10%. En año y medio, la bajada supera el 25%. El gran quebradero de cabeza para hogares, gobiernos y bancos centrales ha pasado a ser el principal alimento de la desinflación, con la energía —y, particularmente, el petróleo y el gas— a la cabeza. Y el que permite pensar que la bajada de tipos será más temprana y rápida de lo que nunca se pudo prever: las últimas lecturas del IPC en los principales países del euro (Francia, Alemania, España…) así lo atestiguan.

Los motivos detrás de esta notable relajación en el precio de los productos básicos son variopintos, casi tantos como materias primas hay: desde mejores cosechas de granos en potencias alimentarias como Brasil hasta una demanda asiática alicaída o una creciente distensión en las cadenas de suministro y el transporte por mar, otro de los grandes cuellos de botella en los peores días del año pasado.

En el caso de la energía, el grupo de productos que más pesa en el índice —el petróleo ronda el 16%; el gas natural, un 7%; y el gasóleo y la gasolina, más de un 2% cada uno—, la moderación tiene que ver tanto con la normalización de la situación respecto al punto más álgido de las crisis rusa como con el enfriamiento de las expectativas económicas a medida que subía el precio del dinero. Un factor que, según Ole Hansen, jefe de estrategia de materias primas del banco danés Saxo Bank, también está afectando al mercado de minerales y metales industriales, otra partida importante de la canasta.

La cotización de las materias primas ha sido, desde siempre, uno de los ingredientes más destacados en el cóctel inflacionario. En los últimos tiempos, sin embargo, su importancia se ha multiplicado con creces. En gran medida porque una geopolítica abonada a la vorágine ha disparado su volatilidad hasta niveles desconocidos. Pero también porque, en una economía muy globalizada, lo que ocurre en una mina de cobre, en un pozo petrolero a miles de kilómetros de distancia o en la sede de un gran trader de productos básicos influye más que nunca en la capacidad de las familias para llegar a final de mes en los mayores países importadores. Un grupo en el que tanto la Unión Europea como España ocupan un lugar destacado.

“Con el barril de crudo en el entorno de 80 dólares, o incluso por debajo, como ahora, se sigue drenando inflación de manera bastante significativa”, apunta María Romero, socia directora de Economía de Analistas Financieros Internacionales (AFI), que recuerda las reverberaciones del crudo sobre el resto de bienes y servicios. “La moderación está siendo más rápida de lo que se pensaba, tanto en energía como en alimentos, que son dos elementos clave. Cada vez hay menos costes que presionen al alza el IPC”.

El aterrizaje en el precio de los metales, otro subgrupo importante, responde más bien a la relativa debilidad del ciclo económico chino, con el otrora poderoso sector de la construcción “adormecido”, en palabras de Romero. “La menor demanda los está desinflando; y eso está ayudando, y mucho”, recuerda la jefa de Economía de AFI. El acero, un material esencial en infinidad de procesos, incluso ha regresado en las últimas semanas a los niveles de 2020, el año del confinamiento. Y el hierro y el aluminio han perdido casi la mitad de su valor respecto a su pico, en el verano de 2021 y en el invierno 2022, respectivamente.

El oro en máximos; el billete verde, más débil

Hay, además, dos razones que invitan a pensar en que la caída real de las materias primas es incluso mayor de lo que marca el índice que elabora Bloomberg. La primera es el elevado peso del oro, que cotiza en zona de máximos históricos y que supone —atención— casi la quinta parte del selectivo, pero cuyo peso real es residual en el consumo de los hogares: su utilización se ve restringida a algunos segmentos de la industria y la joyería; por lo demás (y por encima de todo) es un depósito de valor a perpetuidad.

La segunda es de tipo de cambio. El euro se cambia hoy por 1,08 dólares y llegó a tocar los 1,1, lejos de los 1,05 de hace justo dos meses y, sobre todo, a años luz de septiembre de 2022, cuando llegó a perder la paridad por primera vez en dos décadas. La importancia del billete verde sobre la inflación es capital: salvo el gas natural, prácticamente todas las materias primas que importa Europa cotizan en esa divisa. Así, cuanto más fuerte está la moneda del país norteamericano, más cara será es la factura importadora de España y del resto de países vecinos. Otro viento que sopla a favor de una desinflación europea que no ha hecho más que comenzar.

“El entorno ha cambiado significativamente en las últimas semanas, y las materias primas se están viendo arrastradas por las débiles perspectivas macro y por la falta de coordinación de la OPEP+ [el cartel petrolero], en un contexto de necesidades energéticas no tan altas”, desgrana por teléfono Francisco Quintana, director de estrategia de inversión del banco neerlandés ING en España. “La inflación está cayendo con tanta celeridad, que es difícil para la Reserva Federal justificar no ya nuevas subidas sino la narrativa de los tipos altos durante más tiempo que ha ido esculpiendo en el último par de meses”. ¿Su apuesta para 2024? Un dólar que seguirá “aflojando”, y unas materias primas que continuarán arrojando señales de debilidad.

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