Elecciones europeas: instrucciones de uso | Elecciones europeas 2024 | Noticias

El giro a la derecha en toda Europa es incontestable después de las elecciones a la Eurocámara. La marea ultra golpea fuerte, pero, paradójicamente, el embate causa menos estropicio en el Parlamento Europeo —la gran coalición entre centroderecha, socialdemócratas y liberales sigue sumando— que en la política nacional, con el eje francoalemán muy, pero muy tocado. Estas son cinco lecturas a vuelapluma de los resultados de anoche.

Europa se derechiza

El viraje hacia la derecha es algo más fuerte de lo esperado; el centro aguanta a duras penas. El PP europeo gana las elecciones y puede sostener la gran coalición (que suma más de 400 diputados, por encima de los 361 imprescindibles en una cámara con 720 escaños), pero hay también números para cocinar una alianza de las derechas, después de los guiños indisimulados de Ursula von der Leyen a la italiana Giorgia Meloni.

Más paradojas: los manuales de politología dicen a las claras que las grandes coaliciones no terminan de funcionar en ninguna parte, porque las democracias liberales necesitan oposiciones fuertes; de lo contrario, los extremos acaban creciendo. Y los extremos ya han crecido mucho en Europa: la ultraderecha figura ya en el Gobierno de ocho países, y puede acabar formando un único grupo que sería el tercero más numeroso del Parlamento Europeo.

El populismo nacionalista es un fenómeno relativamente nuevo, pero a la vez muy antiguo; solo una cosa es segura con estos partidos: son corrosivos, divisivos por naturaleza. Ojo con ellos: los resultados electorales son muy ambiguos, y la lectura que sostiene que el centro ha aguantado la marea ultra peca de optimista. En los países nórdicos los ultras van a la baja; en la península ibérica están muy por debajo del peso media. Pero han percutido como una tuneladora en el centro de Europa. Y no digamos en los grandes países del club. El posfascismo es la primera fuerza en Francia. La primera fuerza en Italia. Y la segunda en Alemania.

Macron se la juega

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“Macron se ha hecho un Sánchez”, decía anoche una fuente europea con cierta retranca. Le Pen ha barrido en Francia con el 33% de los votos, casi 20 puntos más que el partido del presidente francés, y la respuesta de Macron ha sido apretar el botón nuclear, con la convocatoria de elecciones legislativas. Esa es una apuesta de alto riesgo que no siempre sale bien: a Sánchez le salió bien en junio, pero Aragonès fracasó estrepitosamente en Cataluña semanas después. Macron pretende movilizar al centro, pero su discurso ha perdido brillo; es un pato cojo en París y en Bruselas. Puede verse abocado a una cohabitación con la extrema derecha. Francia es un país muy, muy polarizado, y Macron ha visto mellado su liderazgo justo cuando más se necesitan los líderes en Europa: el eje francoalemán está en horas bajas.

Scholz, el enfermo de Europa

Alemania atraviesa una crisis oceánica, con un cambio de modelo económico, después de haber subcontratado la seguridad a Estados Unidos, la energía a Rusia y su posición comercial a China. La coalición de Gobierno flaquea, con luchas intestinas y un resultado muy pobre, por debajo del 30% sumando socialdemocracia, liberales y verdes. Macron es ya un pato cojo, pero Scholz cojea también: su liderazgo es muy discutido y el centroderecha amaga ya con una cuestión de confianza. La CDU domina en el Oeste, y la extrema derecha en el Este; los partidos que apoyan a Putin rondan el 25% de los sufragios.

En medio de continuas trifulcas por la política económica, por la fiscal y por prácticamente cualquier asunto que se pone encima de la mesa, el resultado de las europeas parece un clavo más en el ataúd de Scholz y su coalición. Malas noticias para Von der Leyen: una regla no escrita en Bruselas dice que cuando un país está en crisis, los candidatos de ese país tienen más dificultades. Los grandes puestos de la UE se decidirán el 27 de junio: más malas noticias para Von der Leyen, porque con las legislativas francesas en su primera vuelta prácticamente ningún partido centrista francés puede tener incentivos para apoyarla.

Meloni, la gran deseada

Meloni es la ultraderecha presentable en Europa, a juzgar por los guiños de Von der Leyen en la campaña, a pesar de las políticas que ha aplicado en casa, desde la migratoria a las de género y familia. No sale mal parada de su primer examen, aunque los resultados italianos son extremadamente borrosos. Meloni y sus Hermanos de Italia se afianzan con casi un 30% de los votos, pero la derechización de sus socios de la Liga no ha salido bien: Salvini está en una posición muy delicada. Para el Gobierno italiano, además, lo difícil empieza ahora: tiene que lidiar con un déficit público muy abultado y eso le obligará a aprobar recortes si no quiere que Bruselas se ponga un punto nervioso y el mercado levante las orejas.

Hay una extrema derecha que se siente a gusto con la motosierra de los ajustes draconianos. Meloni no es ese tipo de ultraderecha. Una cosa es segura: gana peso en Bruselas. Puede decantar la balanza a favor de Von der Leyen, y puede acabar optando por capitanear un solo grupo de ultras. Tiene buenas cartas en la mano, y ha demostrado que sabe jugarlas. De momento; en política siempre es de momento.

España y las contradicciones

Los resultados de las europeas están preñados de contradicciones; suelen decir que las contradicciones son interesantes, pero a lo mejor en exceso pueden acabar siendo estomagantes. En un contexto de ruido y de barro, y tratando de generar un estado de excepcionalidad permanente, el PP gana las elecciones con cuatro puntos y 700.000 votos de ventaja sobre el PSOE, pero eso se traduce en solo dos diputados más que los socialistas. Es su segunda victoria amarga después de la del 23J: esta puede que incluso un poco más amarga, a pesar del discurso triunfalista de anoche.

La retórica de la excepcionalidad y de la urgencia de Feijóo no ha funcionado. Sánchez sale con bastantes plumas del superciclo electoral de los últimos tiempos —y muy reforzado en Cataluña—, y las apuestas por una legislatura larga suben. Feijóo va a aguantar, pero el PP no ha barrido, ni mucho menos, a un PSOE que se agarra al 30% del voto después de cinco tortuosos años en el poder. La ultraderecha sube también —y el fenómeno Alvise irrumpe con fuerza— pero se queda por debajo del 15% de los votos, muy por debajo de la media europea.

La única verdadera novedad del superciclo electoral que acaba de quedar atrás es el pinchazo del independentismo en Cataluña: buenas noticias para Sánchez. La otra conclusión es que para el PP ha habido mucho más ruido que nueces. Y, aun así, el presidente del Gobierno no las tiene todas consigo. El giro a la derecha se evidencia en estas elecciones. Salvo por Cataluña y algún enclave más, el mapa azulea clarísimamente. El PSOE tiene dificultades en Madrid, en la Comunidad Valenciana y en Andalucía: en tres de los cuatro grandes graneros de votos de ese perro verde que es España. Sánchez sigue ahí a pesar de las continuas maniobras de desestabilización, pero su situación es precaria: un equilibrio inestable.

Y una paradoja más para terminar: a pesar de la inestabilidad, el desplome de los socialdemócratas alemanes como el líder indiscutible del centroizquierda europeo a un presidente del Gobierno que ha demostrado una querencia natural por la política internacional en general y la europea en particular. Después de su fracaso en las elecciones de mayo, después de la erosión que ha provocado la amnistía entre sus propias huestes, después de su controvertida posición sobre Israel, después de sus polémicas con Milei, y sobre todo después de la desestabilización de la vida institucional de los últimos tiempos, con un ruido insoportable que va de la policía al poder judicial y viceversa, no parece poco bagaje para alargar la legislatura más de lo que se las prometían algunos.

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