Jordan Díaz contra Pichardo, el duelo iberocubano del triple salto en los Europeos de atletismo | Juegos Olímpicos París 2024

“Solo los niños y los pájaros conocen el verdadero sabor de las cerezas”, escribió Gianni Mura, que no conoció a Jordan Díaz, pero hablaba de él, del saltador cubano, grácil, alado, hermoso como un pájaro, como Aquiles, el de los pies ligeros, cuando se acerca a la tabla del triple y bota y salta y vuela, fácil, suelto, 17,52 metros, y su risa infantil, su alegría, su tontería ingenua, la de quien no tiene que rendir cuentas a nadie, la del atleta libre. Como un niño. Como un pájaro. El mejor atleta español. Uno de los mejores del mundo, absoluto, qué swing innato de bailarín en su carrera, qué inercia, como un Federer habanero convertido en cazador en las nubes a ritmo de salsa.

En las piernas interminable de Jordan Díaz, un chaval de 23 años tan devoto de la perfección que, aunque no le duela nada, aunque sus músculos estén perfectos, se venda el muslo como una momia, se pone tiras de esparadrapo en la rodilla —“así me quito de la cabeza el miedo a las lesiones”, dice, y le brillan los caninos de oro en la boca—, en sus tobillos, en su tendón de Aquiles, un muelle sin fin, descansan los deseos de grandeza del aficionado español, que el martes (20.55) no parpadeará ni un segundo contemplando su pelea esperada en la final con el portugués Pedro Pablo Pichardo (17,48m en la calificación), campeón olímpico, mundial y europeo, representante estereotípico del modelo cubano de triple, velocidad y vuelo, mucho bote, un globo. “Sí, nos jugaremos el título entre los dos. Él es el campeón. Yo soy el nuevo que va a sacarle del trono”, dice Díaz tras la calificación del triple, su primera competición con la camiseta de la selección español después de haber obtenido la nacionalidad hace casi tres años. Y no necesita recordar que ellos dos han sido los únicos que han pasado de los 17 metros, y con suficiencia, en la previa, síntoma de la superioridad de ambos. “Solo me fastidia el nulo en el primer intento, que me obligó a gastar más cuando iba con la idea de hacer solo un salto, y ya me lo reprochó mi entrenador, Iván Pedroso. Un solo salto y me voy, era la idea”.

Será un duelo ibérico con acento del Caribe, como cubano es también Pedroso, una especie de padrino en Roma, y a su alrededor siempre hay una tertuliana de atletas cubanos emigrados a Europa, una Little Habana nómada que no necesita de partidas de dominó para sentirse en casa. “No me preocupa que Jordan no compita mucho. Me interesa más que esté bien. Tenemos la diferencia con las vallas, con las carreras, que necesitan carreras para poder empezar. Nosotros saltamos, medimos y sabemos cómo estamos. Es una cinta métrica. La única diferencia que tenemos es el nulo, la plastilina, pero cuando entrenamos, medimos y sabemos dónde estamos”, dice Pedroso para intentar explicar por qué Díaz apenas ha saltado en los dos últimos años. “El objetivo es, claro, que salte 18 metros. Pero no hay que hablar de eso. Quiero que vaya paso a paso, y ya saldrá. Me siento con él como el joyero que debe tallar el diamante más valioso, y trabajo sin miedo a romperlo, sino tallándole bien todo para que sea más valioso, para que cueste más. Estoy afinándolo bien para que cuando salga, salga perfecto. Que asombre un poco al público. Él hace que todo parezca fácil. Es el saltador natural”.

La oposición de Pichardo, de 30 años, uno que se niega a perder, un competidor natural como lo era Pedroso cuando era saltador, y las características especiales de la tarima de saltos del olímpico suspendida sobre la grada más de dos metros, pueden hacer que los 18 metros lleguen antes de París, los Juegos Olímpicos en 55 días, que es el lugar señalado. “En 2018 me reventé la espalda saltando en una pista así”, recuerda el longilíneo saltador (1,93m, 72 kilos), con una mejor marca de 17,87m, “y vine con un poco de aprensión. Pero luego vi que esta está mejor hecha. Es como es. Solo se trata de cogerle el golpe, el ritmo. No tengo problema con esta tarima”. Se le informa de que Pichardo, con quien no habla, no tiene ninguna relación, nunca ha compartido nada con él, ha dicho que en la final saltará 18 metros, una distancia que no alcanza desde que, en 2015, a los 21 años, batió el récord cubano con 18,08m, y solo siete saltadores en la historia han superado esa longitud en una especialidad en la que el récord mundial está en 18,29 metros, Jonathan Edwards desde hace 29 años. “No hay que hablar más”, dice. “Si él salta 18 metros yo saltaré 18,01m, porque voy a ganarle”.

Y con ese subidón, si cumple, llegará a París dispuesto a desafiar al otro gran talento emergente, el fantástico jamaicano Jaydon Hibbert, de 19 años, otro niño ligero como la brisa y alado como un pájaro que deja a todos con la boca abierta cuando salta y fácil roza también los 18 metros.

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